domingo, 16 de enero de 2011

Put-e-ando

Hay sí. Ay, sí.
¿Para qué contarte la historia?
Hablan de Jacob, porque no me han visto a mí. El pobre Soret sufrió hasta el último momento a su padre quien puteó a Dios, pero no me había visto a mí.
En aquella misma cima en la que Jesús nazareno vio la entera creación tras el brazo extendido y tentante del demonio, yo vi el Rostro Divino y con la más penetrante de mis miradas, que alguna vez fulminó ser humano, puteé descaradamente a mi Creador.
Mas, ante mi carencia de eterno presente, presente en el Presente, debí repetir el gesto cada día de mi vida.
Tanto que es ahora mi actitud vital.
¿Para qué, Padre, me invitás a quemar mi vida en esto? Vos y yo sabemos cuáles serán los frutos. ¿Por qué querés mi fulminación vital en la proyección de frutos que siempre serán inexistentes?
Me concediste, Padre, ver. Y me permitís escuchar a quienes creen ver, viendo yo, en Vos Pleno, lo Real. Y me sostenés la siniestra cuando quisiera reaccionar con el afán de ser fiel a la Realidad, porque me mostrás, con Tu lágrima, que la justicia y el Amor tienden a repelerse.
Y de alguna manera misteriosa me concedés la particularidad de ir en contra de todo total; sobre todo de mí mismo, para poder, siempre misteriosamente, al fin ser yo que, siendo, dejo de ser para ser Ser.
Habré de putear en lenguas. Puteada que será la más fina declaración de amor.
La soledad de aquella cima, en la cual se encuentra todo presente.
Y me ubicás siempre en lugar preferencial para ver y oír lo más superficial.
Sólo vos sos Vos.
¿Y por qué? ¿Y para qué? Y encima sabés y así me dejás y yo te sigo. Y me mostrás, y veo, y te sigo.
Te seguiré puteando. Seguiré diciendo ¡¡¡AMÉN!!!

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