jueves, 31 de enero de 2013
Descendió a los infiernos
El estilo de la entrada es para otro de los bloges, pero como sale de lo más vital de Sören lo colgamos en Sören.
Descendió a los infiernos, al tercer día resucitó de entre los muertos, subió a los cielos.
El descenso a los infiernos previo a todo lo lindo y trascendente.
El mismo Hijo de Dios lo hace para que nosotros no creamos vivir una vida de resucitados sin antes haber pasado por ahí.
El descenso a los infiernos es un anzuelo para los de la crítica fácil y poca capacidad de reflexión sincera, con prácticamente nada de introspección.
El descenso a los infiernos te pone en situación de que otros hablen mal. Claro, nunca descenderán ellos a sus infiernos y ni hablar de resucitar ni mucho menos alcanzar el cielo.
El descenso a los infiernos te pone de frente al demonio, que está cocinando el caldo en el centro justo de tu vida. Te da miedo y te repele, por lo que no te querés acercar. Pero tenés que llegar a la cacerola para ver lo que se está cocinando. Se está cocinando tu condenación eterna, que no viene antes de un fracasado sufrimiento espantoso en esta vida. El sufrimiento que está alimentando la vida sinsentido del que construyó triple pared para encerrar al diablo cacerolero para no verlo. Construye su vida en una mentira sin raíz. Nunca se va a salvar, nunca va a ser feliz. Él mismo es una mentira. La mentira de su vida.
El descenso a los infiernos requiere una decisión aparentemente contradictoria, que parece alejarte de Dios. Pero para que ese Dios sea Dios, tenés que descender al infierno. Sino ese Dios será el dios que te construiste vos; un falso ídolo que gobernará tu vida desde la mentira que vos mismo te contás y te creés.
El descenso a los infiernos es el mismísimo infierno, que tenés que atravesar para emprender el real camino de la real vida, resurrección y ascenso al verdadero Cielo.
El descenso a los infiernos es tu obligación, que no podés cumplir en cualquier momento de tu vida, porque simplemente es insoportable, pero que tenés que hacer alguna vez.
El descenso a los infiernos es la visualización y reconocimiento de tu peor vos, el que no querrás nunca ver, el que vas a negar. Sos vos. Y tenés que amarlo para cambiar el contenido de la olla.
El descenso a los infiernos sólo es soportable si bajás y llevás de la mano a Dios y le mostrás. Esa mierda sos vos. A ver si te mirás.
El descenso a los infiernos te va a permitir la resurrección.
Cuando puedas, cuando Dios te lo permita y esté a tu lado para que puedas salir de allí cuando Él lo disponga, descendé al infierno. Y salí de ahí. El miedo es la mentira que te cuenta el diablo para quedarse allí victorioso. Al miedo lo mirás a los ojos, porque sabés que detrás tuyo está Dios, y eso no necesita más explicación.
sábado, 5 de enero de 2013
De pie
Primeras letras en muchos meses para la "subida...". Motivación rara, tema raro, momento raro.
Un arriesgado especie de elogio del pecado.
En mis épocas me hubo chocado la liturgia que ensalsaba el pecado que permitió la venida del Salvador. Ningún pecado merece salir de su oscuro cajón en el que debería quedarse eternamente, pero el pecado realmente hace que se evidencie con mayor claridad para las pobres gentes que lamentablemente así parecen necesitarlo, el Ser Divino.
En particular, para la persona especialmente escogida, y favorecida con una gracia particular, su propio pecado, y cuanto más concreto y humillante, más eficaz, le permite ver su oscuridad y lamentabilidad y, en medio de toda esa inconmensurable desgracia, el Amor del Dios que lo sigue eligiendo, sosteniendo, Amando; obrando a través suyo, aún con mayor eficacia, eficacia que es secundada por la nada y la miseria que se muestran esplendorosamente y obligan moral e integralmente al felicísimo infeliz a reconocerse y saberse nada, apartándose totalmente del camino y cediéndole sus propias riendas al Señor, quien las toma con gusto y gozo.
El pecado hace que algunos se vean donde realmente están, no osen ni por lejanía creer que están un ápice por encima del humus, lo que mortifica su orgullo y su vanidad y quita del medio ese fantasma del yo que no hace más que estorbar cuando no está pronunciando su punto de partida de ser, que es el que lo habilita, al menos en dirección inicial, a la plena realización: yo soy, porque no soy, para que Él lo sea todo.
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