Quien dejó casa, padre, madre, hijos, vida, ser, ya superó la promesa divina de cien. Nuestro Señor Jesucristo no deja de pasar papelones cada vez que habla de matemática.
El cien prometido fue un craso error. Ya debe ir por un doscientos. Y lo peor es que se da cuenta; y no dice nada.
La cantidad de mis familias es abundante. La calidad, envidable.
Los veo, me ven, me saludan, me extrañan. Bajaría a amarlos en la plenitud, mas siempre quedo sediento, haga lo que haga, dé lo que dé, manifieste lo que manifieste. No hay forma de calmar esa sed. Y el Único que es capaz de hacerlo, se oculta porque le dá en la divina voluntad.
Como la analogía del infierno que alguna vez hice, así también es el amor cuasi-pleno.
Hoy, como ayer y antes, me vieron, me reconocieron, dejaron su vida para prestarme atención, y mi sola presencia cuasi-colma su necesidad. Pero yo volví a morir, y sigo muriendo por lo mismo. Hubiera querido bajar a amarlos, pero ¿Cómo hacerlo si no hay forma de calmar mi sed? Hacerlo hubiera sido un intento de satisfacer mi sed, colmando a los amados de una manera que hasta podría serles dañina, y escandalizando a los que no son capaces de vislumbrar nada del verdadero amor.
Hubiera querido bajar a amarlos, pero mi Amante me cuelga de la cruz. Tengo sed. Tengo tanta sed. Quizá no esté tan lejos lo que viene. Consumatum est;
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