sábado, 8 de junio de 2013
Dame de beber
"Un poco aún y habré vencido. La lucha toda se habrá desvanecido. Así podré reposar en una sala de flores y en un coloquio eterno extasiarme con mi Jesús". Q.E.P.D.
sábado, 27 de abril de 2013
Ssh.
El ser que fue visto por última vez hace tiempo a la entrada de su cueva, cuyo último movimiento perceptible por los de fuera fue el haber ingresado en su morada, siempre prestada, no ha vuelto a salir.
Se han cansado de elaborar teorías respecto de su destino.
La más difundida es la de su muerte.
En lo profundo de su caverna, en la más absoluta oscuridad, solitaria, fría y húmeda, él vive.
Si sale, y lo hará, no será el mismo, como nunca fue jamás.
Si sale por sus propios medios lo hará para ser lástima de casi todos, y victoria de algunos, o saldrá para ganar, llevar a muchos a la victoria y enpurecer (a veces hay que inventar palabras) a otros contra el suelo que creían los sostenía.
Hay que volver al abismo.
sábado, 2 de marzo de 2013
doble u
La urgencia motiva la expulsión. La expulsión inmediata es vómito, cago, grito o, más articulado, puteada. También hay de las lindas.
La urgencia del grito apalabrado vierte desde dos viejos setentosos. Cálidamente viejos soretes.
El vómito evita una descompostura mayor y, en este caso, junto a restos que, con minutos más de procesamiento hubieran sido mierda, saca al exterior que los viejos desagradables, escondidos en la hipócrita pantalla de patriarca que disfruta de los retoños repintados de su mierda, fueron el paradigmático "argentino", que creció chupando pijas milicas y se estableció como sujeto en realización bajo el reinado del "argentino por excelencia" quien fue el Carlos.
Esos viejos corruptos, que hicieron su mierda caminando sobre los restos de los pobres en quienes cagaron y hoy disfrutan de sus construcciones envidiables para los descerebrados, ven en todo su propia proyección.
Ahí está la explicación de por qué así te ven a vos.
Más palabras serían redundancia. Una lectura, subestimación y confirmación graciosa de absoluta ignorancia.
jueves, 31 de enero de 2013
Descendió a los infiernos
El estilo de la entrada es para otro de los bloges, pero como sale de lo más vital de Sören lo colgamos en Sören.
Descendió a los infiernos, al tercer día resucitó de entre los muertos, subió a los cielos.
El descenso a los infiernos previo a todo lo lindo y trascendente.
El mismo Hijo de Dios lo hace para que nosotros no creamos vivir una vida de resucitados sin antes haber pasado por ahí.
El descenso a los infiernos es un anzuelo para los de la crítica fácil y poca capacidad de reflexión sincera, con prácticamente nada de introspección.
El descenso a los infiernos te pone en situación de que otros hablen mal. Claro, nunca descenderán ellos a sus infiernos y ni hablar de resucitar ni mucho menos alcanzar el cielo.
El descenso a los infiernos te pone de frente al demonio, que está cocinando el caldo en el centro justo de tu vida. Te da miedo y te repele, por lo que no te querés acercar. Pero tenés que llegar a la cacerola para ver lo que se está cocinando. Se está cocinando tu condenación eterna, que no viene antes de un fracasado sufrimiento espantoso en esta vida. El sufrimiento que está alimentando la vida sinsentido del que construyó triple pared para encerrar al diablo cacerolero para no verlo. Construye su vida en una mentira sin raíz. Nunca se va a salvar, nunca va a ser feliz. Él mismo es una mentira. La mentira de su vida.
El descenso a los infiernos requiere una decisión aparentemente contradictoria, que parece alejarte de Dios. Pero para que ese Dios sea Dios, tenés que descender al infierno. Sino ese Dios será el dios que te construiste vos; un falso ídolo que gobernará tu vida desde la mentira que vos mismo te contás y te creés.
El descenso a los infiernos es el mismísimo infierno, que tenés que atravesar para emprender el real camino de la real vida, resurrección y ascenso al verdadero Cielo.
El descenso a los infiernos es tu obligación, que no podés cumplir en cualquier momento de tu vida, porque simplemente es insoportable, pero que tenés que hacer alguna vez.
El descenso a los infiernos es la visualización y reconocimiento de tu peor vos, el que no querrás nunca ver, el que vas a negar. Sos vos. Y tenés que amarlo para cambiar el contenido de la olla.
El descenso a los infiernos sólo es soportable si bajás y llevás de la mano a Dios y le mostrás. Esa mierda sos vos. A ver si te mirás.
El descenso a los infiernos te va a permitir la resurrección.
Cuando puedas, cuando Dios te lo permita y esté a tu lado para que puedas salir de allí cuando Él lo disponga, descendé al infierno. Y salí de ahí. El miedo es la mentira que te cuenta el diablo para quedarse allí victorioso. Al miedo lo mirás a los ojos, porque sabés que detrás tuyo está Dios, y eso no necesita más explicación.
sábado, 5 de enero de 2013
De pie
Primeras letras en muchos meses para la "subida...". Motivación rara, tema raro, momento raro.
Un arriesgado especie de elogio del pecado.
En mis épocas me hubo chocado la liturgia que ensalsaba el pecado que permitió la venida del Salvador. Ningún pecado merece salir de su oscuro cajón en el que debería quedarse eternamente, pero el pecado realmente hace que se evidencie con mayor claridad para las pobres gentes que lamentablemente así parecen necesitarlo, el Ser Divino.
En particular, para la persona especialmente escogida, y favorecida con una gracia particular, su propio pecado, y cuanto más concreto y humillante, más eficaz, le permite ver su oscuridad y lamentabilidad y, en medio de toda esa inconmensurable desgracia, el Amor del Dios que lo sigue eligiendo, sosteniendo, Amando; obrando a través suyo, aún con mayor eficacia, eficacia que es secundada por la nada y la miseria que se muestran esplendorosamente y obligan moral e integralmente al felicísimo infeliz a reconocerse y saberse nada, apartándose totalmente del camino y cediéndole sus propias riendas al Señor, quien las toma con gusto y gozo.
El pecado hace que algunos se vean donde realmente están, no osen ni por lejanía creer que están un ápice por encima del humus, lo que mortifica su orgullo y su vanidad y quita del medio ese fantasma del yo que no hace más que estorbar cuando no está pronunciando su punto de partida de ser, que es el que lo habilita, al menos en dirección inicial, a la plena realización: yo soy, porque no soy, para que Él lo sea todo.
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