viernes, 5 de noviembre de 2010

Adelante, pase

Como siempre, pasaba por ahí -porque siempre paso por ahí, cuando me ven y cuando no me ven, paso y busco verlos; no le cuenten a Freud. Pero sí a Yahveh- y, esta vez, me vieron y, como siempre, me invitaron a pasar. Como siempre, me negué -ah, sí, porque creen que siempre digo "sí", aunque la mayoría de las veces me invitan sin decirlo y digo "no". Muchas veces digo "no"-, pero al final acepté.
También reconozco que esta vez el tiempo no me apremia, y por eso puedo decir "sí" más libremente. Digo "sí", como la última vez, y engancho.
Engancho con el mártir, tan bien mencionado.
El tiempo que transcurre y la vida de los observadores participantes que pasa y, al pasar, es vivida, diría yo "vive", va asimilándose a la "Vida", con suerte y Gracia y, gracias a eso, va asimilando la mía propia, que es en ellos y por ellos, que de mía tiene poco, aunque mucho aún. Cuando son asimiladas lógrase ver en ellos lo mío dado, en la medida en la que su propia y apropiada conversión les permite haber.
En un plano conciente de lo vivencial es esto un camino de conocimiento, vivencia y reconocimiento total (vivencial). Van tomando conciencia (viviendo) de "lo que es" y lo que "deja de ser" para que esto "sea".
No hay idioma que permita esta descripción. Bien claro se muestra que no se leerá de pocas veces lo aquí escrito, mas esto se da porque conserva en ciero modo la riqueza simbólica que es la única que permite que pueda de alguna manera expresarlo.
Un cuidado ínfimo en la elección (que no se produce) de las palabras garantiza la libre difusión de la inspiración. Con todos los riesgos que esto trae al ser encausada en un canal que no deja de ser altamente contaminado por la historia y el pecado, por la falta de entrega y la estupidez, por el egoísmo y la maldad.
Pero llegué a oler una remota comprensión del martirio. Llegué a oír un lejano sonido de comprensión. Acaricié lejanamente una piel sufriente, un gusto asqueado, un alma ciega por el encuentro con la vida, con la Vida y algo de sí.
Habrá el mártir que, gozando de la visión de Dios, se entrega felizmente a la Vida. Hay también el que lo hace ciego. El ciego se sostiene de otra manera. Cuando la ceguera impregna todos los sentidos y potencias, sólo hay algo en lo que sostenerse, y ese Algo no será sino con la total entrega de lo único que al ciego total le queda en su poder; su voluntad. Pero está previsto que ésta ceda también. Hasta aquí yo puedo hablar.

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