En una desinhibida velada un santo incomprendido, solitario luchador, crucificado pesadamente, dejo escapar una pregunta sobre la entidad del tuétano.
Sin contaminar mi expresión con la definición de tal palabra que, para bien de estas líneas, nunca he leído, me animo a esbozar lo que quiere significar.
Otro santo en estos días recurrió a mí para apoyarse en una cuestión sobre el amor al prójimo quizá más elevado, creyéndose él ser muy malo por lo que le acusaban sus sentimientos.
Un muchacho, hace dos mil años, decidió ahorcarse por una cuestión existencial de este tipo. Otro, más pior que el recién mencionado, lloró amargamente cuando escuchó el nunca imaginado canto del gallo.
Santo varón más admirado que muchos, san Pedro, quizá el peor de los discípulos, humanamente hablando, se cargó en sus espaldas la Iglesia que mató a Jesucristo. ¡Cómo se conocería ese varón! ¡Qué consciencia de sí tendría! ¡¡¡Y qué humildad, por Dios!!! Sabiéndose lo que era, volvió después de su traición y aceptó todo lo que Jesús le dio. Nadie que tuviera un mínimo de orgullo lo podría haber hecho. Judas fue más sensato, más humano, humanamente hablando. Lo lógico fue lo que hizo Judas. ¡Entregó a Dios! ¡¿Qué perdón podía esperar?! El perdón de Cristo. Que ya lo tenía. Lo ridículo es que a Pedro se le encomendara lo que se le encomendó.
Puedo ayunar, puedo ser “el” apóstol que atraiga las almas al Salvador en esta semana Santa.
Puedo ser lógico y congruente y quitarme la vida, o encerrarme a morir de la depresión que merezco más que nadie.
O puedo recibir la mayor de las gracias y llorar amargamente. Escuchar ese gallo anunciado que nunca imaginé que podría cantar, y llorar amargamente. Mas no depende de mí ésto último. Quiera Dios me sea regalado.
Aún confesado y perdonado, esta vez no me presentaré ante la Cruz del Amado limpio y sin mancha, sino cubierto de mi lacra, avergonzado, aunque cada vez menos, por mi debilidad, de la cual soy responsable en mucho grado, pero que está ahí para hacerme parecido a Pedro, consciente de mi indignidad, de mi incapacidad, de mi maldad, de mi fealdad, todas mías, pero humillado con una sonrisa y las mejillas mojadas, con los mocos colgando y en aquél sentimiento inexplicable de un descontrol afectivo-emocional que es muestra de que cedí mi propio manejo a Aquél que no deja de llamarme con Amor. Seré criticado. No soportaré mi propio pecado. Pero esa será mi ofrenda. La más sincera. Bien contradictoria, para mortificar mi traicionera razón. Y no esquivaré la Eucaristía sino que llorando por la imposibilidad de corresponder al Amor, la tomaré en mis manos y me fundiré en Dios.
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