Érase en aquél tiempo un muchacho que cuando se empacaba nos decía: "¡Cómo sos, eh!" Hoy está muerto. O vivo, según la creencia de cada uno. Lo cierto es que ya no lo veremos circundándonos. Tampoco en aquél entonces lo veíamos circundándonos, salvo que nos moviéramos hacia el área en donde él era.
Las últimas palabras que me dirigió fueron: "¿Por qué me pega?"
Mentiría si dijera que esas palabras me persiguen.
Mentiría si dijera que esas palabras no significan nada. Significan mucho.
Ya no viene su hermano a visitarnos, a convidarnos galletitas. Yo ya no estoy en ese lugar. Los que allí están lo recuerdan, pero sólo si lo invocamos.
Conocí un hombre que dirigió la misma pregunta que aquél a un pobre soldaducho que todavía debe estar llorando.
Yo espero poder terminar de llorar mis miserias en esta vida, aunque merezca la condena eterna por cada una de ellas.
"¿Qué le puede faltar a la pasión de Jesucristo?" Le preguntaba yo a San Pablo.
¡Y qué me iba a responder el santo si yo tenía mi lengua apuntada a Dios y mis oídos metidos en la música de los autos y los ruidos de Metallica! El V-10 de un Williams-Renault era todo lo que necesitaba para elevarme a la contemplación y Leper Messiah lo que lograba bajar mis nervios hasta la línea que separaba el "estar" del "matar".
Podría extenderme por horas cavilando sobre aquellas contradicciones que le reprochaba yo al santo (santo según la Iglesia, porque yo tenía mis serias dudas) y que me esforzaba por mí mismo a explicar o entender sin ser capaz de escuchar las respuestas que Dios mismo en la vida me iba dando.
Tuve que parir muchas veces antes de entender lo que es un parto. Tuve que tener muchos orgasmos para al fin poder vivir uno. Tuve que ser padre de mil para vivir lo que es amar.
El V-10 es una música sublime. El mesías leproso es un sedante sabroso. Pero después de haber parido, gozado y amado, después de ser Dios por mucho tiempo sin saber si Dios era realmente, después de haberme encontrado con Aquél cual visto ya no se puede vivir, después de haberme perdido una vez primera y alguna más postrera en el Cielo sin metáforas; "No preguntes boludeces, Pedro. Guardá esas carpas.". "¿Adónde dijiste que me ibas a seguir?". Cada vez que canta el gallo mi corazón se desgarra, para luego volver a reconstituirse aún con mayor vigor, porque el gallo me recuerda quién soy, pero a la vez Quién me sostiene. Es realmente un gran alivio saber que yo no soy Dios y que no depende de mí, sino de Él. ¿Pero sabés lo difícil que es no-ser Dios? Yo sólo dejo de ser Dios cuando estoy completamente muerto a mí mismo. Y nada de lo que me rodea (escúchese bien ¡¡¡Nada!!!) me facilita la empresa.
Si escribiera estas cosas para publicarlas, no avanzaría en mi intento de dejar de ser Dios. Si las escribiera para que nadie las viera podría ser para un "nadie" definitivo o para que sólo las viera yo. Si la primera, ¿Para qué escribir?. Si la segunda, sirve cuando uno necesita saber dónde mierda está el norte o de dónde carajo se está viniendo. Pero también escribo porque hay algún corazón fundido con el mío. Fundido en la Fragua Divina. Hay algún corazón tan ardiente como el mío que arde en (este "en" es algo así como "Ruáj") mi mismo ardor.
Para ilustrar a Pablo puedo agregar que el viejo José simplemente se murió, pobre santo, en su santa oculta vida de padre de Nuestro Señor. Podría haber abandonado a Jesucristo en cualquier punto de su vida. A los veintiún años sería una buena cifra. Mayoría de edad y todo eso. "Que lo mantenga su madre, esa puta". Su puta madre podría haber re-hecho su vida. El nene ya estaba grande. Era inteligente, lindo, fuerte. ¿Qué problema podía tener? ¿A quién se le ocurre que una persona puede estar tan chiflada como para querer salvar a otro? "¿La humanidad? No, querido, eso ni un loco lo puede concebir".
Leyente, eso falta a la pasión de Cristo. Por suerte hay gente que se lo puede suministrar. Benditos sean los co-redentores, pecadores e indignos de salvación, pero elegidos para co-redimir.
La lista es interminable, cosa que yo no hubiera podido concebir hace años. Pero, para gozo y dolor de los que saben, puedo elegir algún dato más.
¿Te imaginás a la Virgen...? No, algo de pudor me queda, pero vos sabés lo que iba a decir.
Que permanezcas sujeto a tus padres mientras te siguen creciendo los pelitos no agrega nada a la vida de Jesús. Aunque otras cosas sí. El que tenga ojos para ver, que vea. Y si algo tuyo es ocasión próxima de pecado, no te lo cortes, quizá algún día lo necesites de verdad.
En su momento, el Buen Jesús, tenía una casita en Betania (sí, Betania). Allí vivían María, su hermana y don Lázaro (digo, ¿te suena un poquito?: la chica, la hermana, que no se sabe bien si era la hermana, y el chico, que estuvo muerto, no sigo). Mientras la una escuchaba al maestro, la otra preparaba la comida y todo eso. Jesús lloró. Hasta ahora no agregamos nada a la pasión. ¿Y si te digo que un día María (o Marta, igual esos no son sus nombres) dijo "Basta, no quiero que ese tipo venga más por acá"? Ahora sí empezamos a agregar. Esos tres eran la familia del tipo: "El que escucha mi Palabra y la pone en práctica, esos son mi madre y mis hermanos" (Dios, eran la Madre, los Hermanos...). El tipo desconocía a su verdadera Madre por reconocerlos a ellos.
A Él no le pasó, pero algún día podría haber ido a Betania y lo podrían haber sacado cagando, o le podrían haber mandado al tío para que amenazara al vividor galileo ese que iba a la casa solo a comer o querer hacer algo con alguno de los tres habitantes, o con los tres al mismo tiempo, para que le dijera que había pruebas en su contra y lo que más se te ocurra pensar ¡Cómo si al galileo le calentara en lo más mínimo algo de todo eso!
Siempre hay algo para agregar a la pasión de Nuestro Señor Jesucristo.
Y Cristo no tenía, estando colgado de la Cruz, a Juan jugando con la computadora y a María hablando con el celular. Y Pedro estaba, cagado en las patas, pero pensando en el Maestro, golpeándose el pecho por cagón, escondido viviendo una terrible noche, pero no haciendo un análisis psicológico del crucificado recordándole que estaba allí porque era incapaz de ver una mejor salida al problema. ¡Pescador, se te ocurrió mirar tu vida, hablando con los pescados mienstras te estás muriendo en el fracaso!
Entre otras cosas, esto es lo que hago. Vivo. Y aunque alguna vez diga otra cosa, no son mi prioridad ni los estudios, ni el trabajo, ni ya el apostolado. Mi prioridad, con muy poca eficiencia por mi debilidad y miseria, por mi vagancia y poca voluntad, por mi soberbia y falta de confianza en Dios es la oración y la vida.
Arrastrándome en el piso, atragantado en el polvo que no terminaré de tragar, sucio por mis excrementos, avergonzado hasta el límite más oscuro de la depresión, detrás de esta gelatina formada por mis desperdicios, sudor, sangre, babas, tierra, veo un destello que si me diera directamente me mataría, destello que más de una vez ví y tuve la Gracia de no-morir. Y por ese destello ansío con todo mi ser, insuficiente, levantarme, volver a mi Padre y decirle, bah, ¡Qué le voy a decir! si cada vez que retorno me recibe como a un rey, me muestra nuevamente la Casa y, después de alimentarme, me señala un montón de ovejas y, y no necesita decirme nada, su Rostro es Todo.
Permiso. Tengo que volver.
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