sábado, 5 de enero de 2013
De pie
Primeras letras en muchos meses para la "subida...". Motivación rara, tema raro, momento raro.
Un arriesgado especie de elogio del pecado.
En mis épocas me hubo chocado la liturgia que ensalsaba el pecado que permitió la venida del Salvador. Ningún pecado merece salir de su oscuro cajón en el que debería quedarse eternamente, pero el pecado realmente hace que se evidencie con mayor claridad para las pobres gentes que lamentablemente así parecen necesitarlo, el Ser Divino.
En particular, para la persona especialmente escogida, y favorecida con una gracia particular, su propio pecado, y cuanto más concreto y humillante, más eficaz, le permite ver su oscuridad y lamentabilidad y, en medio de toda esa inconmensurable desgracia, el Amor del Dios que lo sigue eligiendo, sosteniendo, Amando; obrando a través suyo, aún con mayor eficacia, eficacia que es secundada por la nada y la miseria que se muestran esplendorosamente y obligan moral e integralmente al felicísimo infeliz a reconocerse y saberse nada, apartándose totalmente del camino y cediéndole sus propias riendas al Señor, quien las toma con gusto y gozo.
El pecado hace que algunos se vean donde realmente están, no osen ni por lejanía creer que están un ápice por encima del humus, lo que mortifica su orgullo y su vanidad y quita del medio ese fantasma del yo que no hace más que estorbar cuando no está pronunciando su punto de partida de ser, que es el que lo habilita, al menos en dirección inicial, a la plena realización: yo soy, porque no soy, para que Él lo sea todo.
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