Cuando leés a los maestros, te sentís identificado.
No debés sentirte culpable por no ser uno de ellos.
Por eso no debés angustiarte por no entenderlos.
Por eso debés reconocerte un gran imbécil cuando te la das de que los entendiste.
Nadie niega que puedas ser uno de ellos, o incluso mucho más que ellos.
Cuando leés a un maestro te sentís interpelado.
Pero estás en un soberbio error si te la das de que el maestro lo escribió para vos.
Cuando estás ante un santo te parece que sos el mundo para él. Y realmente lo sos.
Estás en un soberbio error si creés que sos el mundo para él.
Cuando leés al gran maestro llegás a un punto en el cual tu saturación te pide "quit".
Ese punto es el pan de cada día del maestro.
En ese punto está la mayor simpleza que, de tan simple, parece no poder ser. Por eso "quit".
Sos lo único en el mundo para él. Sos todo en el mundo para él. Sos lo más para él. Así como también lo son todos y cada uno de los otros, a quienes el maestro ama infinitamente más que a su propia vida, su propia felicidad, su propio intento de plena realización, que el maestro sabe que sólo se dan todos estos en completud en la medida en que él mismo muere de la manera más viva.
La vida mayor que emana de él es una muerte a la que tu soberbio espíritu parece no poder acceder.
En el mismo orden de la simplicidad anteriormente mencionada. Tan simple. Tan accesible. Tan cerca, no importa cuan lejos. Puede ser demasiado para el corazón. Por siempre creyendo y confiando en quienes somos. Y ningún problema más. Y así todos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario